// Vector Zero · Libro I
VECTOR ZERO: SIERRA
Capítulo 1 · Un hombre cualquiera
El sueño era siempre el mismo.
Un niño en la oscuridad, la cara hundida en la almohada, susurrando una palabra una y otra vez como quien reza para no olvidar. Una verja de hierro negro entre la niebla. Un reloj de hombre, demasiado grande para la muñeca pequeña que lo llevaba. Y la palabra, siempre la palabra, dicha tan bajo que Reid nunca conseguía oírla del todo antes de despertar.
Esa mañana despertó como despertaba siempre: sin sobresalto, con los ojos abiertos de golpe y el cuerpo quieto, escuchando la casa antes de moverse. Era una costumbre vieja, más antigua que ninguna de las que recordaba haber aprendido. Primero escuchar. Después, si todo estaba en su sitio, vivir.
La casa estaba en su sitio.
Por la ventana entreabierta entraba el ruido de Lisboa despertándose: un tranvía chirriando cuesta arriba, las gaviotas, alguien fregando un patio dos pisos más abajo. La luz del Atlántico, esa luz blanca y limpia que no se parece a ninguna otra, caía sobre las baldosas del suelo.
Reid llevaba siete meses en aquel piso de la Graça, el tiempo más largo que había pasado en un mismo sitio en una década. Era pequeño, alquilado en metálico a una viuda que no hacía preguntas, y desde la cocina se veía el río. No había fotografías en las paredes. No había cartas en un cajón, ni nombres apuntados en una agenda, ni nada que dijese quién dormía allí. En la mesilla, un pasaporte canadiense a nombre de un hombre que no existía. En el armario, detrás de un panel suelto que él mismo había aflojado la primera noche, otros tres.
Se levantó y se vistió en la penumbra: pantalón corto, una camiseta gris lavada mil veces, las zapatillas junto a la puerta. Salió a correr cuando el cielo todavía tenía el color del acero, antes de que la ciudad despertara del todo.
Bajó la Graça a saltos, por escaleras empinadas y calles de adoquín que el rocío volvía resbaladizo, hasta el río. Allí el aire olía a sal y a sardina, y la luz empezaba a despegarse del agua. Corría como corría siempre: largo, regular, sin esfuerzo aparente, comiéndose los kilómetros con una zancada que delataba el metro ochenta y nueve y los años de cuidar el cuerpo como otros cuidan un arma —limpio, engrasado, listo—. No corría por salud. Corría porque un cuerpo que deja de doler es un cuerpo en el que se puede confiar, y porque las horas anteriores al amanecer eran las únicas en que la cabeza se le quedaba en silencio, sin la palabra del sueño rondándole por dentro. La gente que se cruzaba con él a esa hora veía pasar a un hombre grande y callado que respiraba por la nariz y no sudaba hasta el final, y apartaba un poco la vista sin saber muy bien por qué.
Subió de vuelta sin aflojar en la última cuesta —la prueba que se ponía cada mañana— y entró en casa con la respiración apenas alterada y la camiseta pegada a la espalda. Hizo café en un cazo, como le habían enseñado en un país que ya no recordaba, y se lo bebió de pie junto a la ventana, observando la calle sin parecer que la observaba. Una mujer tendía la ropa. Un cartero apoyaba la bicicleta. Un coche aparcado desde anteanoche seguía vacío. Todo normal. Reid catalogaba la normalidad sin querer, igual que otros respiran.
La edad empezaba a pesarle de un modo nuevo: no en el cuerpo —el cuerpo seguía respondiendo— sino más adentro, en un sitio que no sabía nombrar. El pasaporte que más usaba le echaba unos años de más, y a él le daba igual: unos años de más eran unos años de distancia entre él y el hombre que de verdad era. Su vida tenía un principio nítido —un hombre que lo recogió a los dieciocho y le enseñó a desaparecer— y, antes de eso, una niebla. Una infancia que se le había desdibujado como una fotografía dejada al sol. Un internado en algún lugar frío, al que lo llevaron de niño sin una sola explicación y donde alguien —un benefactor que nunca tuvo cara ni nombre— lo pagó todo durante años a través de un bufete de Ginebra: la matrícula, los libros, hasta unas clases de esgrima que él jamás había pedido. De pequeño, cuando preguntaba quién pagaba, los profesores cambiaban de tema. Cuando preguntaba por sus padres, le decían que descansara. Aprendió pronto a no preguntar; era más fácil para todos. Y el sueño, siempre el sueño, con su palabra que no llegaba a oír.
Había aprendido a no rascar ahí. Lo que no se recuerda no duele, se decía. Casi se lo creía.
Bajó a la calle a media mañana. En la tasca de la esquina, el viejo Joaquim ya le tenía puesto el segundo café sin que lo pidiera.
—Bom dia, señor Costa —dijo Joaquim, que lo conocía por uno de sus muchos nombres y lo creía un traductor jubilado.
—Bom dia.
Reid se sentó junto a la ventana, de espaldas a la pared, con la salida a la vista. Lo hacía sin pensarlo, como otros cruzan las piernas. Leyó el periódico. Escuchó a dos pescadores discutir sobre fútbol. Durante una hora fue, simplemente, un hombre cualquiera en un café cualquiera, y eso —aunque jamás se lo habría confesado a nadie— era lo más cerca que estaba de la felicidad.
Porque Reid quería salir.
No del todo, quizá; un hombre como él no sabía hacer otra cosa. Tenía una sola regla, la única en la que había creído de verdad: nunca trabajaba para nadie que no fuera un gobierno. Ni cárteles, ni oligarcas, ni hombres con yates y rencores privados. Solo Estados. Era lo último que le quedaba de cuando había sido un soldado de verdad: un soldado, aunque ya no tuviera ejército ni bandera en la que creer, no se vende al primer rico con una cuenta pendiente. Le gustaba pensar que eso lo mantenía limpio, o todo lo limpio que podía estar alguien como él. Y, desde hacía un año, ni siquiera eso: los últimos dos encargos —dos gobiernos, dos cifras absurdas— los había rechazado sin pensarlo. El dinero ya no le decía nada. Había hecho cosas en sitios sin nombre que ningún ser humano debería cargar, y empezaba a notar el peso, esa fatiga que no se quita durmiendo. Y luego estaba lo último —el trabajo del que no hablaba, ni siquiera consigo mismo—, lo que de verdad lo había empujado a esconderse allí, entre tranvías, a fingir que era el señor Costa. Soñaba con envejecer en aquel piso de la Graça, viendo pasar los tranvías, hasta que la palabra del sueño se apagara para siempre y lo dejara en paz.
Era un sueño tan ingenuo que casi le daba vergüenza.
Volvió a casa al caer la tarde. Subió los cuatro pisos sin encender la luz de la escalera —la oscuridad no le molestaba, nunca le había molestado— y, al llegar a su rellano, se detuvo.
La puerta estaba cerrada. La cinta casi invisible que pegaba cada mañana entre la hoja y el marco seguía intacta.
Pero el aire olía distinto.
Olía, muy levemente, a tabaco de pipa. A un tabaco caro, holandés, que en el mundo entero fumaba una sola persona.
Reid se quedó muy quieto en la oscuridad del rellano, con la mano a medio camino del bolsillo.
Si Lamar lo había encontrado, solo podía significar una cosa.
Que alguien estaba dispuesto a pagar lo que hiciera falta para que el hombre que llaman cuando ya no queda nadie volviera al trabajo.
// Fin del capítulo 1
¿Quieres saber qué encontró Eric?
Sigue la operación hasta el final del hilo en VECTOR ZERO: SIERRA, primera entrega de la saga.